Un baile de máscaras [ De las adicciones i ]


Un baile de máscaras                            

Amelia cree estar contenta. Ha cumplido cuarenta y cinco años y por fin su vida parece haber encontrado un cauce. “La tempestad ha pasado”, dice, y en su mirada aparece un tenue brillo de emoción. “Siento que me lo he ganado. Son muchos años de terapia, años de bucear y sufrir, tratar de conocerme y volverme consciente de mis problemas”. Las circunstancias de su pasado no vienen al caso, y después de todo no hay en ella nada que escape a la condición humana: el amor y el odio, la benevolencia y el rencor, la incertidumbre y la decisión no le son desconocidos y formaron parte de su vasta experiencia.

Sí, Amelia está contenta. En cuanto se despierta bebe una gran taza de café con mucho azúcar; lo necesita para despejarse, y a lo largo del día toma varias tazas más para mantenerse activa y entusiasta. A pesar de su alegría, sus nervios suelen jugarle alguna mala pasada, y con el almuerzo toma un tranquilizante “para estar prevenida.” Su cátedra de música le da alguno que otro disgusto, por lo que agrega una nueva dosis de calmante alrededor de las cuatro de la tarde. Los días que no dicta clase igual recurre a la píldora, “por las dudas”, y repite la costumbre antes de irse a dormir. El alcohol no le llama la atención, pero no se priva de un buen vino cuando se reúne a comer con amigos y colegas, cosa que hace regularmente tres o cuatro veces por semana. Es sumamente sociable. Y eso sí: que no le saquen sus cuarenta cigarrillos diarios, porque “…me da un ataque. Intenté dejarlos un par de veces y me trepaba por las paredes.”

Algunos conocidos la critican por esto a sus espaldas, y sólo un par de amigos le ha dicho en la cara que lo que hace no es adecuado para su salud.

 Comenzó con la psicoterapia a los dieciocho años, y salvo breves intervalos no ha dejado de analizarse. Piensa que es un proceso que le llevará toda la vida, y la idea de ponerle un punto final le resulta inquietante. Quizá sea ésta su adicción más secreta, una muleta sin la cual se siente imposibilitada de avanzar por la vida. Porque la terapia es un eficaz instrumento (muchas veces indispensable) para saber manejarse, pero a veces también puede ser usada para justificar la inmovilidad.

Amelia usa múltiples disfraces para ocultar sus emociones. En definitiva, debe tener miedo de perder el control. ¿Qué sucedería si de la noche a la mañana se viera privada del arsenal químico que la “protege” de la realidad? ¿Podría afirmar con tanto aplomo que la tempestad ha pasado? Sin duda, experimentaría uno o más síndromes de abstinencia. Pero una vez superados, ¿volvería a insistir con la idea de que su vida está en calma?.

Los adictos son básicamente personas relegadas a etapas pretéritas de su desarrollo. Si bien cronológicamente pueden ser adultos, emocionalmente son como niños, dado que no han podido resolver con éxito sentimientos de miedo, vergüenza e inseguridad propios de toda persona. Es en la adolescencia cuando más se da este tipo de sentimientos acerca de uno mismo o de su familia de origen. En el adicto parecería haber una adolescencia retardada, sentimientos no elaborados y un intento de falsa solución a través de la adicción. Esta le permite,  (en lugar de aceptarse a sí mismo con sus defectos y virtudes, lo que sería el proceso natural de todo ser humano), comprar una falsa identidad a través de una mascara o disfraz de algo que él no es.

Las adicciones comienzan con una ilusión que al cabo de un tiempo queda incumplida: encontrar en ellas la plenitud. El desengaño llega tarde, demora en ser reconocido, y cuando surge la sospecha el adicto ya se ha “enganchado.” Aristóteles afirmó que el hombre es un animal de costumbre, y su sentencia se confirma plenamente en el caso de las adicciones. Y no sólo de las adicciones a substancias químicas, en las que el producto es adictivo por sí mismo. Porque una vez que se comprueba que la felicidad no pasa por allí, el adicto se conforma con un beneficio secundario: por lo menos, y gracias a su conducta adictiva, puede ocultar, cubrir ese malestar que lo asalta todos los días.

El problema de las adicciones consiste en que muchas veces, al principio, hacen sentirse bien o alivian de sentirse mal, impidiendo que la ansiedad o la angustia perturben. Quitan la preocupación, devuelven la seguridad perdida, y hasta pueden crear una euforia intensa. Se trata ni más ni menos que de “puentear” el dolor, enmascararlo, soslayar esa pesadumbre que inmoviliza.

A la larga, la sensación de bienestar se agota y el adicto cae en la trampa. Recurrió a la adicción a causa de experimentar una baja autoestima. La conducta adictiva actúa como un espejismo: nos ilusiona con la posibilidad de agua en medio del desierto. Al principio hay un alivio: la sensación de tenerse en menos desaparece. Es más, a medida que el adicto se interna en su adicción puede abrigar la esperanza de sentirse el centro del sistema, un sol inmutable alrededor del cual giran innumerables satélites. Pero sin darse cuenta es él quien empieza a girar alrededor de su adicción, y todo lo que ha logrado es sustituir un dolor por otro. Ha cambiado de dependencia, se ha bajado de la calesita para zambullirse en el remolino.

Autor:

Pablo Rossi

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